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rincón del bocachancla

Fuerteventura

Imagen de Urichuqui

No hice el blog en su momento porque hice un artículo para la revista del Club de buceo, que era lo que pensaba compartir. Pero visto ahora, se me queda lejos de lo que suelo hacer aquí, y escasito de imágenes, así es que me he animado a daros la barrila con mi viajecito, tomando como base aquel y completándolo. Poniéndonos en situación, el grupo lo formábamos nosotros dos, los oceánides Cacha, Javi y Elena, y Ana, la asistente de Elena. Allí deberíamos reunirnos con Ángel, que habíamos conocido en El Hierro en noviembre, y con el Pinche Alberto, de un centro de buceo con el que Ángel nos había puesto en contacto. La cosa empezaba así:

“¿Por qué habéis elegido Fuerteventura, con la de islas que hay?” Fue lo primero que nos dijo el asistente del aeropuerto nada más pisar tierra, mientras luchábamos para que el viento no nos pusiera en vuelo de nuevo. No parecía muy buen augurio, después de llevar toda la semana viendo como las previsiones de tiempo iban empeorando cada vez más, a medida que se acercaba el momento de embarcar. Nos tomamos unas cañas en corralejo esa noche, pero yo eché mucho de menos guantes, bufanda y gorro...

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El azar nos llevó a parar a comer justo al lado de Mar y Más, el centro que habíamos elegido para nuestra escapada de buceo. Invertimos la sobremesa en una agradable charleta con su gerente Alberto, que entre otras cosas nos confirmaba lo que ya temíamos, lo de bucear estaba complicado. Allí escuchamos por primera vez eso que pudimos oír en diferentes voces y situaciones durante los siguientes cinco días: que era el peor invierno que se recuerda en los últimos 25 años, que habíamos tenido muy mala suerte con este febrero, normalmente más cálido y con un mar mucho más tranquilo, que además del mal tiempo nos había tocado el gordo con el mar de fondo… hemos sido tan afortunados de ver en nuestra primera visita a Fuerteventura, cosas en las que la mayoría de los habitantes de la isla también eran primerizos, como la niebla o el verdear de las zonas más altas. Si, si... lo de la foto es verde, o lo que para los majoreros son zonas verdes nunca antes vistas.

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No obstante no quisieron frustrar nuestra ansia de buceo, bien engrosadita después del largo invierno de secano, y prometieron aprovechar los días menos malos de nuestra estancia para darnos nuestra dosis de mar. Allí nos plantamos el primer día apto para bucear, un día sin sol, con oleaje y viento, con bastantes más ganas que expectativas. Cargamos nuestros equipos en el barco y salimos en busca de angelotes y chuchos. Nuestra primera inmersión fue La Lagunita, entre Fuerteventura y la Isla de Lobos. Había algo de corriente, así es que nuestro grupito se dividió en dos. La experiencia de la mitad a la que yo pertenecía fue buena, vimos un chucho nadando en el arenal, el enorme mero Charlie guardaba su morada y grandes bancos de pequeños peces nos esperaban en el arquito de roca que atravesamos. Nuestra otra mitad vio grandes extensiones de la blanca arena de Fuerteventura hasta que decidieron sacar la boya y esperar al barco, donde nos reencontramos todos para comentar la experiencia. No fue muy larga la charla, dado que parte de la tripulación estaba sufriendo por el frío, otra por el mareo, y algunos afortunados como yo, por ambos. Gracias a la capitana, que se apiadó de nuestras almas y nos devolvió a tierra, pudimos esperar calentitos, secos y de un bonito color carne a los valientes que se atrevieron con la segunda. Hasta salió un rato el sol para secarnos y recargarnos las pilas. Después nos fuimos a comer una paellita en la playa, no perdíamos ni un rayo cuando los pillábamos.

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Repetimos la operación al día siguiente, esta vez enfundándonos trajes aún húmedos y con dosis extra de neopreno y biodramina. Prometía ser el mejor día de la semana, con el mar más tranquilo, ya que esa misma tarde volvían a entrar fuertes vientos y se acababa el buceo para nosotros. Hicimos Las Anklas, y aunque no nos sonrió la fortuna con los simpáticos tiburones canarios, si vimos muchas especies diferentes de peces, una enorme langosta canaria, y disfrutamos rebuscando con los focos entre las rocas, además de conseguir bucear los cinco juntos al fin. La vuelta al barco fue más agradable, pero no lo suficiente como para que el cuerpo recuperara temperatura suficiente para una segunda, por lo que de nuevo nos llevaron a tierra a la mitad, mientras que los menos frioleros se atrevían con la última.

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Aunque la experiencia de buceo no ha sido la mejor que recuerdo, lo cierto es que la isla se molestaba en darnos al menos un bonito detalle diario. El primer día de turismo forzado disfrutamos de Betancuria y Morro Velosa, las zonas verdes que puse antes, pero sobre todo de las dunas de Corralejo, devolviéndonos por un rato a la infancia mientras tragábamos arena rodando y retozando.

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Otro paramos el coche entusiasmados al encontrarnos unas enormes brujas flotando sobre el cielo anaranjado, ingeniosas cometas en el espectacular atardecer de El Cotillo.

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También encontramos en Punta Jandía destartalados poblados de caravanas a lo Walking Dead y un precioso rincón con playa de piedra, donde disfrutamos del sol y de los animalillos que la marea había dejado a nuestro alcance entre las rocas, como la espectacular liebre de mar de la foto, aunque sea un poco sangrante que la mejor foto de bicho acuático la hayamos sacado en tierra. También conocimos un lugar donde el viento es tan fuerte que es capaz de aguantar tu propio peso, y las espectaculares vistas de la playa de Cofete.

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Pero lo que ha hecho de este viaje uno que repetiría no ha sido la isla, si no la compañía, porque el buceo no lo es todo. Ir arropada por parte de la gran familia Oceánides, entre la que me incluyo, lo ha hecho todo mucho mejor. Para mí ha sido especialmente gratificante viajar con Elena y descubrir junto a ella la aplastante realidad de que sí se puede, si sabes cómo y si tienes ayuda suficiente. Nuestro compañero de buceo me comentaba que le parecía genial que hiciéramos todo eso por ella. Me hubiera gustado decirle, si no me hubiera faltado el aliento de cargar equipos y no se me hubiera atascado el inglés, que en realidad no lo hacíamos por ella, si no con ella, sin más. El centro también se ha portado genial y se ha prestado a todo lo que les hemos sugerido, igual que los majoreros adoptivos Ángel y Vanesa, compañeros de buceo en El Hierro y con los que no nos hemos podido remojar esta vez. La casita, de nombre Villa Guapa, estaba bien chula, aunque no pudieramos disfrutar mucho del patio. En las fotos bautizando a Ana, la única no buceadora del grupo, cenando y enmojitándonos antes de una partida al Black Stories, y grabando un podcast con Alberto y Ángel.

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Hemos bautizado en piscinita de 26 grados a la que esperamos sea una nueva buceadora de tierra, porque lo del barco no creo que lo repita. Hemos derribado barreras y nos hemos dado cuenta de que en realidad nunca estuvieron allí. Hemos aprendido de cocina, de música, de fresones, de cómo se viste una mesa, de cómo se resuelve un asesinato… En definitiva hemos disfrutado juntos y creado entre todos momentos únicos, porque al final lo que queda son los buenos recuerdos.

Y para hacerlo más sangrante, así amació el día que nos ibamos

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* Añado un video que se ha currao uno de los compis de viaje, que me parece muy chulo